lunes, 14 de marzo de 2022

NATHAN

Nathan, era un joven francés de veintinueve años. Por motivos de trabajo decidió trasladarse a Londres. Allí, dedicaba la mayor parte del tiempo a trabajar como conservador de arte, disfrutaba restaurando y conservando obras de arte. Era autónomo y trabajaba para diferentes galerías y museos.


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A parte de trabajar, el joven disfrutaba muchísimo viajando de un lado a otro con sus amigos: Emily, Sophie y Thomas. Ellos, fueron las primeras personas que conoció al llegar a Londres y lo acogieron muy bien haciéndolo sentir como en casa. ¡Les tenía un cariño muy especial!

En uno de los viajes que hicieron a España, visitaron Granada donde conoció a Jorge, un joven muy atractivo que lucía una bonita melena, perfectamente peinada, de color castaño claro con discretas mechas rubias. ¡Quedaba perfecta con su mirada! Unos ojos excesivamente expresivos de un tono marrón miel.

Pero, en realidad lo que más llamó su atención, fue su forma de vestir, era algo estrafalaria.

—¡Oh, là, là! —exclamó la primera vez que lo vio.

—¿Qué te pasa Nathan? —le preguntó Emily.

Pero, éste ni contestó, estaba demasiado embobado mirando a Jorge, que caminaba hacia donde ellos estaban mirando un mapa buscando algo interesante que visitar.

—No te contestará, está hipnotizado por ese hombre tan buenorro que se acerca por allí —dijo Sophie señalando a Jorge.

—¡Oui! —contestó al fin Nathan.

Y entonces, Jorge llegó a ellos y viendo que tenían complicaciones con el mapa, decidió parar a ayudarlos.

—¿Os puedo ayudar? —preguntó.

—¡Ouiii! —contestó con descaro Nathan.

Él, era siempre así, lanzado y decidido. A menudo, se dejaba llevar por sus impulsos, algo que le había traído problemas en más de una ocasión.

—Andamos un poco perdidos —comentó Thomas.

—¿Qué queréis visitar? —preguntó Jorge.

—¡Tu cuerpo! —contestó Nathan espontáneamente.

—¿Perdona? —preguntó Jorge extrañado.

—No hagas caso, a veces delira, trabaja demasiado —dijo Emily echándole una mirada fulminante a su amigo.

Nathan, comprendió que debía comportarse.

—Os recomiendo visitar La Alhambra —dijo señalando en el mapa con un bolígrafo que había sacado de su bolsillo —. ¡Es preciosa!

Los demás, asintieron y prestaron atención a las indicaciones que Jorge les daba para que pudieran llegar sin problemas. 

Al despedirse, Nathan le cogió el bolígrafo y agarrándolo de la mano, apuntó su número de teléfono en ella.

—Llámame. Estaremos unos días por aquí y me gustaría conocerte un poco más.

Jorge permaneció en silencio y sonrió. ¡Jamás le había pasado algo así!

Al llegar, a su habitual clase de Arte, donde le esperaban sus alumnos, lo primero que hizo es anotar el teléfono de Nathan en un papel. Después inició su clase.

Con el paso de los días, Jorge decidió llamar a Nathan.

—¿Dis-moi?

—Hola Nathan, soy Jorge.

—Hombre Jorge... ¡te has animado a llamarme! —mostró alegría Nathan.

—Sí.

—¿Qué te parece si merendamos juntos esta tarde? —propuso Nathan.

—Vale. Conozco una cafetería que está muy bien.

—¡Vayamos allí pues! 

Acordaron un punto de encuentro y quedaron en verse a las cinco de la tarde.

Durante la merienda, estuvieron hablando todo el tiempo, tenían muchas cosas en común y al dedicarse los dos al mundo del arte, no faltó tema de conversación en ningún momento. ¡Congeniaron muy bien!

Y decidieron seguir viéndose los siguientes días hasta que Nathan tuviera que volver a Londres.

Jorge, estaba contento con la amistad que había hecho con Nathan. Pues, se sentía muy cómodo y se había dado cuenta de que con él, podía hablar de todo. Algo, que hacía muchísimo tiempo, Jorge no conseguía hacer con nadie, pues lo habían defraudado ya muchas veces y se había vuelto cada vez más reservado. 

Lo que jamás habría imaginado, es lo que sucedió el último día que se vieron.

Escrito por: Yolanda Martínez Duarte.





miércoles, 9 de marzo de 2022

MANUELA (EL FINAL)

Una vez todos listos, permanecieron en el salón-comedor esperando la llegada de los invitados.

Cuando éstos llegaron, hicieron las correspondientes presentaciones. Manuela, se quedó helada al ver a Miguel, pues era... ¡era el mismo chico que aparecía en sus sueños con un látigo en la mano! Sin embargo, allí en su salón y junto a sus padres, se veía tan angelical.

Durante la comida, el joven se esforzó en entablar conversación con Manuela pero ella se mostraba reservada. Pues, Miguel no le inspiraba confianza alguna.

Al terminar de comer, Manuela decidió retirarse a su habitación con la  excusa de que no se encontraba demasiado bien. Y allí, una vez más, desahogó sus lágrimas con la almohada.

Pasaron muchos días desde aquella comida. Días en los que la tristeza se había convertido en la fiel compañera de Manuela. El único lugar donde realmente se sentía feliz era durante las clases de arte con Jorge.

Él, le transmitía muchísimo más de lo que ella jamás hubiera imaginado, la respetaba y valoraba y sabía perfectamente como comprenderla sin necesidad de mediar palabra alguna. ¡Era como si se conociesen de mucho tiempo!

Rocío, admiraba la relación tan bonita y sana que tenían y se había empeñado en hacer de celestina y convencer a su amiga de que lo invitara a ir al cine juntos o hacer un café.

Pero, Manuela era realista y sabía que eso nunca sería posible pues sus padres no lo permitirían. Y además, aunque quisiese hacerlo a escondidas de ellos, no tenía el tiempo ni la libertad para hacerlo. Pues, desde que ella y Miguel se habían prometido, sus padres aún la tenían más controlada para que no cometiese ninguna barbaridad y mantuviera su virginidad hasta el matrimonio.

El tiempo pasaba demasiado deprisa y tan sólo faltaba un mes para terminar las clases y por tanto, Manuela tendría que casarse con Miguel. Al que detestaba cada vez más. Sus padres, se empeñaban en reunirlos cada fin de semana para que se fueran conociendo y la relación se fuera forjando. Sin embargo, Manuela sentía que se consumía a su lado.

—¡Eres muy fría querida! —le dijo Miguel en una ocasión que intentó besarla y ella lo evitó.

Ella, lo ignoró y permaneció en silencio.

Pero, un día cuando ya  daba por perdida su situación, la vida la sorprendió y entonces, nació en ella de nuevo una pequeña esperanza por cambiar su situación. ¿Qué pasó?

Fue aquella tarde, después de su clase de arte. Todos sus compañeros, incluida Rocío, se habían ido. Pero, Manuela se quedó un momento porque Jorge quería explicarle algo.

—Manuela, tengo que decirte algo muy importante —ella asintió con la cabeza —. Al terminar este curso, me iré a vivir a Londres.

—¿A Londres? 

—Sí, me ha salido una nueva oportunidad allí como profesor de arte y además, me dejarán una galería para exponer mis cuadros y los de mis alumnos —sus ojos brillaban como nunca antes lo habían hecho —. ¿No te parece algo maravilloso?

—¡Claro! —contestó ella intentando disimular la tristeza que aquella noticia le producía.

Y justo en ese momento, sintió una punzada en el pecho al descubrir que Jorge, al que consideraba su principal pilar y apoyo, se iría muy lejos dejándola de nuevo allí sola con su triste y vacía vida. Pues, ¡él era su luz y su esperanza!

Pero, no podía obligarlo a quedarse y prefirió guardarse muy adentro sus sentimientos y opinión y apoyarlo con todas sus fuerzas en algo que a él tanta ilusión hacía.

—¡Quiero que te vengas conmigo! —le propuso él.

—¿Cómo?

—Lo que oyes, tienes mucho talento y me gustaría compartirlo en mi galería.

—Pero... sabes que eso no es posible. Mis padres...

—Al cuerno con tus padres —la interrumpió él —. ¡Estás siendo una hija maravillosa y ellos no son capaces de valorarlo! Mereces tener: libertad, respeto, amor... y ellos, no te lo están dando ni te lo darán nunca, seamos realistas. ¡Mereces algo mejor!

Ella, permaneció en silencio. Fue entonces, cuando Jorge la cogió de las manos, la miró a los ojos y le dijo:

—Ha llegado el momento de ser tu misma.

Ella, sonrió.


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Aquella misma noche, después de cenar, se fue a su habitación como de costumbre y se tumbó en la cama y pensó en la propuesta que le había hecho Jorge.

¿Una vida con un hombre que detestas? o ¿una vida haciendo lo que más te gusta, pintar? 

Pensó.

Cerró los ojos e imaginó ambas vidas y entonces comprendió que debía ser valiente y apostar por una nueva vida en Londres.

Durante los días siguientes, con muchísima discreción, preparó una pequeña bolsa con su equipaje.
Pero, ¿Cómo haría para sacar el equipaje de casa sin que nadie la viera? ¡Rocío la ayudaría!

Lo tenían todo pensado, el último día de clase por la noche Manuela lanzaría el equipaje por la ventana de su habitación y éste caería a unos arbustos que habían en su jardín, quedando así camuflado.
Rocío, aparecería a la mañana siguiente muy temprano vestida de sport argumentando que salía a correr para ponerse en forma. Entonces, cogería el equipaje y se lo llevaría a Jorge que estaría  esperándola junto a su coche delante de la Escuela de arte.
Después de comer, los padres de Manuela irían a visitar a uno de sus amigos ricachones al Hospital dejando a Manuela sola en casa. Ahí, es donde ella aprovecharía para reencontrarse con Jorge en la Escuela de arte y juntos, se irían al aeropuerto para coger el avión que los llevaría a su nuevo destino, ¡Londres!

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Los días pasaron lentamente para Manuela que ansiaba la llegada del último día de clase. Finalmente,  ¡ese día llegó!

Aquel 31 de junio, marcaría en Manuela un antes y un después. Por la noche, antes de dormirse, su madre la visitó, la besó en la frente y le dijo:

—Mi princesa, ahora que ya has terminado el curso, ha llegado el momento de emprender una nueva vida y en dos días estarás felizmente casada.

—Eso de felizmente... —insinuó la joven.

—Ay hija, ¿ya vamos a empezar?

Manuela, permaneció en silencio. 

Y ya cuando todos dormían y el silencio se había apoderado de la casa, Manuela cogió su equipaje y lo dejó caer por la ventana. ¡Del resto se encargarían Rocío y Jorge!

Al día siguiente, todo procedió según lo acordado y después de comer, sus padres se fueron al Hospital.

La joven, nerviosa pero al mismo tiempo feliz, salió de su casa decidida y con una sensación de satisfacción maravillosa. ¡Por una vez en la vida estaba haciendo lo que deseaba de verdad!

Al llegar a la Escuela de Arte, Jorge la esperaba sonriente y le abrió la puerta del coche invitándola a subir en él. Y justo cuando estaba subiendo...

—¡Espera Manuela!

Llegó corriendo y exhausta su amiga Rocío, la abrazó con todas sus fuerzas y le dijo:

—¡Te deseo muchísima suerte en tu nueva vida! ¡Estoy muy orgullosa de ti! —decía con la voz temblorosa intentando contener sus ganas de llorar. Pero, al final se emocionó —. Y, prometo sacar esa valentía que has tenido tú para poder viajar a Londres y visitarte.

Manuela se emocionó muchísimo, por un  lado estaba deseando salir corriendo hacia su nueva vida por otro sin embargo, le costaba irse y dejar a su amiga atrás. Pero, sabía que debía dar aquel paso por su propio bien.

—¡Cuídate mucho Rocío! ¡Y no olvides que siempre me tendrás a tu lado pase lo que pase!

Rocío, con el rostro inundado de lágrimas, asintió con la cabeza.

Después, Jorge y Manuela se subieron en el coche y se alejaron. Rocío, se quedó allí de pie hasta que el coche desapareció y agradeció a la vida por darle una nueva oportunidad a su amiga para ser feliz.

Ya en el avión, la joven no podía dejar de mirar a través de la ventana, estar tan cerca de las nubes le parecía una experiencia increíble. Fue entonces, cuando suspiró profundamente, sonrió y susurró:

—¡Soy libre!

Jorge, la miró, la cogió de la mano y le dijo:

—¡Lo eres querida!

Escrito por: Yolanda Martínez Duarte.

 

domingo, 6 de marzo de 2022

MANUELA (4ª PARTE)

 —Es curioso... —susurró Jorge que estaba detrás de Manuela observando su lienzo.

—¿Por qué? —preguntó Manuela mientras seguía pintando.

—Prefiero que lo aprecies cuando hayas terminado y puedas verlo con tus propios ojos —propuso Jorge.

Y después, se alejó para ver el resto de creaciones.

—A medida que vayáis terminando, podéis retirar la venda de vuestros ojos y apreciar vuestras obras de arte —indicó el profesor.

Y así fue, poco a poco todos fueron terminando y al observar el resultado de sus pinturas, muchos quedaron sorprendidos.
Cuando llegó el turno de Manuela, se quitó la venda lentamente temerosa de que no le gustase el resultado.

Pero, cuando lo vio... ¡se quedó fascinada!

El profesor, la observaba curioso desde la distancia contemplando el brillo de sus ojos mientras miraba su obra.

Rocío, se acercó enseguida a su amiga y la felicitó:

—¡Es precioso!

—Gracias Rocío. ¿Has visto esto? —señaló una esquina del lienzo donde se apreciaba una larga línea negra —. ¡El látigo!

Rocío, la miró y después la abrazó. Comprendió al instante lo que su amiga quería decirle.


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—¿Estáis contentos con el resultado?

La mayoría asintieron con la cabeza, otros guardaron silencio.

—¿Os sentís identificados con lo que habéis pintado?

Fue en ese momento, en el que varios alumnos dieron su opinión:

—Yo sí. He usado colores alegres y creado una obra con mucho movimiento y realmente es así, es como me siento en estos momentos: motivada, feliz y alegre pues estoy en un momento muy bonito de mi vida —explicó Celia.

—Yo, sin embargo, estoy pasando por un momento complicado en casa, mi padre está enfermo y me doy cuenta de que lo he reflejado perfectamente haciendo una pintura pequeña y muy discreta con colores oscuros y tristes —explicó Julián.

—¿Y por qué crees que tu pintura ha quedado pequeña y discreta? Normalmente, eres mucho más expresivo en tus obras —preguntó Jorge.

—Porque hoy mi alma está triste y apagada.

—¡Eso es! Los artistas nos movemos por el alma y ésta dará lugar a un tipo de creaciones u otras —afirmó Jorge.

Viendo que nadie más se animaba a comentar su obra, Jorge animó a Manuela a hacerlo.

—Manuela, tu obra me ha parecido muy curiosa. ¿Te gustaría compartirla con nosotros?

La joven, se sonrojó y agachó la mirada tímida.

—Sólo si estás preparada para hacerlo, sino no hay problema. Es tu primer día y entendemos que no es fácil —dijo Jorge.

Para sorpresa de todos, Manuela se levantó, cogió su lienzo y lo mostró.

—¡Oh! —exclamaron la mayoría de sus compañeros.

—Este unicornio, simboliza mi libertad. Una libertad que no tengo en mi vida pero que ansío conseguir. Hoy, aquí soy libre y eso me llena de satisfacción y felicidad —explicó la joven.

Decidió no hablar del látigo. Para su sorpresa, Rocío empezó a aplaudir y la siguieron todos sus compañeros.

—¡Muy bien Manuela! —la felicitó el profesor.

Al terminar la clase, Manuela se fue corriendo pues su padre estaba a punto de llegar para recogerla de sus clases de labores del hogar.

Llegó justo a tiempo, su padre aún no había llegado.

Mientras lo esperaba, miró al cielo y aquella tarde le pareció estar más despejado que nunca.


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El sonido de un claxon la hizo sobresaltarse. Y enseguida descubrió que se trataba de su padre.

—¡Hola papá! —lo saludó al subirse al coche.

—Parece que hoy te han ido muy bien las clases.

—Sí —contestó sin entrar en detalles.

Pasaron dos días y... ¡llegó el sábado!

Los padres de Manuela, estaban como locos de alegría porque por fin su hija conocería a su futuro marido.

Su madre, la despertó temprano para que se diera un baño de espuma para que las facciones de la joven se mantuvieran relajadas y lucieran más hermosas. Cosa con la que Manuela discrepaba pues no estaba nada de acuerdo con su unión obligada con Miguel. 
Después del baño, su madre la ayudó a vestirse con un precioso vestido y la peinó.

Cuando Manuela se miró al espejo refunfuñó diciendo:

—¡Esta no soy yo!

—¿Le encantarás! —exclamó su madre orgullosa con el resultado.

—Pero, es que no le quiero encantar. ¿No lo entiendes mamá? —hizo un pequeño silencio hasta soltar algo que llevaba mucho tiempo rondando por su cabeza —. ¿A caso a ti te obligó el abuelo a casarte con papá?

La madre, no contestó.

—¿Ves? ¡Lo sabía! Tu pudiste elegir con quién casarte y yo sin embargo tengo que acatar vuestras órdenes.

—Manuela, por favor...

—¡Ya estoy harta mamá!

—¡BASTA YA! —intervino su padre desde el umbral de la puerta.

Manuela, no tuvo otra opción que guardar silencio.

—Miguel y sus padres están a punto de llegar y no es momento de que saques los pies de tiesto —dijo su padre con firmeza.

Una vez todos listos, permanecieron en el salón-comedor esperando la llegada de los invitados.

Escrito por: Yolanda Martínez Duarte.

miércoles, 2 de marzo de 2022

MANUELA (3ª PARTE)

Ella, le sonrió y se alejó cada vez más hasta subirse en el coche y desaparecer.

El profesor, permaneció de pie hasta que la joven se marchó.

Por suerte, su padre no se había percatado de que aquel joven artista había estado hablando con ella.

—Este fin de semana, vendrán a comer a casa Miguel y sus padres —le explicaba su padre mientras conducía —. ¡Por fin podrás conocerlo!

—No quiero casarme papá, soy muy joven aún —contestó su hija.

—Tienes muy buena edad Manuela, en cuanto acabes tus estudios este verano, estarás lista para casarte con Miguel.

—¿No vas a tener en cuenta mi opinión?

—Soy tu padre, y por tanto yo tomo las decisiones —dijo con firmeza.

Ella, no dijo nada más, permaneció en silencio durante todo el camino mirando a través de la ventana ensimismada en sus pensamientos. Se sintió triste llegando a la conclusión de lo mísera que llegaba a ser su vida al no poder ser dueña de sus propias decisiones.


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Al llegar a casa, ni siquiera saludó a su madre y se fue directa hacia su habitación. Allí, encontraría la paz que necesitaba en aquellos momentos de rabia y tristeza. Pues, aquel era el único lugar de la casa donde se sentía cómoda y tranquila. ¡Era su pequeño refugio!

A la mañana siguiente, se despertó sobresaltada, de nuevo había tenido aquel sueño tan desagradable. Llevaba muchos días soñando lo mismo y empezaba a inquietarla más de lo que hubiera deseado.

En el sueño, aparecía ella junto a un camino muy largo y todo lleno de niebla. A medida que avanzaba por él, la niebla iba desapareciendo hasta llegar a un gran claro lleno de rosales muy altos que tenían unas espinas muy largas. Allí, su padre la cogía en brazos para evitar que se hiciese daño y como por arte de magia, volaban por encima de los rosales hasta llegar a una alfombra roja aterciopelada donde la esperaba un chico joven con cara de pocos amigos y un látigo en la mano. Al recibirla: le acariciaba la mejilla, la besaba y le susurraba al oído:

—¡No te escaparás!

Y, justo en ese momento, Manuela despertaba del sueño sobresaltada y empapada de sudor. ¡Siempre era igual!

Pero, ¿quién era aquel chico joven? ¡No lo reconocía!

Intentó no darle más importancia y empezó a prepararse para iniciar un nuevo día, que en realidad sería como todos demás. ¿O no?

Al llegar a clase y sentarse junto a su amiga Rocío...

—He vuelto a tener ese sueño Rocío.

—¿Qué me estás diciendo? —preguntó sorprendida —. ¿Otra vez?

—Sí, salía ese hombre con el látigo de nuevo.

—¿Y sigues sin reconocerlo?

Manuela asintió con la cabeza.

—Bueno, estate tranquila, seguro que pronto dejarás de soñar con él —intentó tranquilizarla su amiga.

Aquella tarde, después de sus clases de violín, Manuela fue al aula de labores del hogar y habló con su profesora:

—Disculpe Matilde, me temo que no podré asistir a su clase ya que no me encuentro muy bien.

—¿Qué te ocurre Manuela? —preguntó preocupada la profesora.

—Estoy algo mareada y me duele muchísimo la barriga. Parece que algo me ha sentado mal.

—De acuerdo. ¡Espero que te recuperes pronto!

—Gracias —contestó la joven y se fue.

Cuando la joven salió del edificio, se apresuró y cogió la calle que quedaba a su derecha hasta llegar al edificio de color azul. Allí, tomó la esquina y entró.

—Perdone, ¿me puede decir dónde está el aula de Arte? —preguntó al conserje.

—En la planta de arriba. Es el aula número cinco.

—Gracias.

Por primera vez en mucho tiempo, Manuela se sentía viva al hacer lo que realmente deseaba... ¡ARTE!

Cuando llegó al aula número cinco, la puerta estaba abierta y ya todos estaban  preparando sus lienzos, pinturas y pínceles.

—Disculpa el retraso —dijo tímida al entrar por la puerta.

—Tranquila, puedes pasar, aún no hemos empezado —y entonces curioso le pregunto —. ¿Señorita?

—¡Manuela! —contestó sonriente.

—Bienvenida Manuela. Mi nombre es Jorge —se presentó el profesor.

La invitó a sentarse junto a Rocío, que al ver a su amiga se había levantado para saludarla.

—¡Qué sorpresa tenerte por aquí! —le dijo Rocío mientras la abrazaba.

Después, se sentaron y prepararon: sus lienzos, pinturas y pínceles. Jorge mientras tanto iba tapando los ojos a sus alumnos, uno por uno con un trapo negro aterciopelado al mismo tiempo que les explicaba lo que harían.

—Hoy, mis queridos alumnos, pintaremos desde el alma. Quiero que aprovechéis la oscuridad que os crea este suave tejido en los ojos, para centraros en vuestro interior. Quiero que viajéis a lo más profundo de vuestra alma, os dejéis llevar y pintéis libremente, sin condicionantes.

Todos permanecían en silencio. 

Una vez todos tuvieron los ojos vendados, empezaron a pintar. 


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Manuela, se sorprendió al ver que no podía parar de pintar. No sabía que colores estaba usando y ni siquiera tenía claro si hacía correctamente el trazo al dibujar aquello que sentía. 

—Es curioso... —susurró Jorge que estaba detrás de Manuela observando su lienzo.


Escrito por: Yolanda Martínez Duarte



miércoles, 23 de febrero de 2022

MANUELA (2a PARTE)

Pero, aquel día su padre se demoró más de lo habitual y Manuela estuvo un rato sola esperándolo.

Fue entonces, cuando apareció alguien, se trataba de un hombre de unos treinta y cinco años. Su forma de vestir llamaba la atención ya que era muy diferente al del resto de personas. Iba vestido con: unos tejanos desgastados, una camisa roja con estampado floral y una americana amarilla. Además, llevaba también un maletín amarillo a juego con su americana. Sus andares eran firmes y seguros, demostraba ser una persona con una gran autoestima y confianza.

—¡Buenas tardes jovencita! —la saludó.

—¡Buenas tardes! —contestó tímida.

—Estoy buscando la Escuela de Arte —mostró un papel a Manuela, donde estaba anotada la dirección de la escuela —. Soy el nuevo profesor.

—Está por allí —la muchacha señaló hacia su derecha —. Siga todo recto y verá un edificio de color azul que hace esquina, esa es la escuela. Justo allí, coja la calle de la derecha y encontrará la entrada al edificio.


—Muchas gracias y muy amable —contestó el hombre y siguió las indicaciones que le había dado la joven.

Ella, no pudo evitar seguirlo con la mirada hasta que desapareció.

—¡Qué hombre más curioso! —susurró.

A los pocos minutos, apareció su padre.

Al día siguiente, durante la clase de contabilidad, Manuela le preguntó a su amiga:

—¿Qué tal el nuevo profesor de Arte?

—Bien, pero... ¿Cómo sabes que tengo un profesor nuevo?

—Ayer, lo vi mientras esperaba que mi padre viniera a buscarme. Me pareció un poquitín estrafalario, la verdad.

—¡Y lo es! Pero, ¡es una bellísima persona! —afirmó Rocío.

—Me alegro. ¡Ojalá yo también pudiera hacer arte! —Manuela suspiró —. Las clases de labores del hogar son un aburrimiento.

—¿Y porque no intentas convencer a tus padres para que te las cambien por las clases de arte?

—¿Convencerlos? ¡Imposible!

Rocío se entristeció. Siempre había pensado que le encantaría tener a su amiga en las clases de arte y compartir juntas esa afición que tenían desde pequeñas. ¡Adoraban el mundo de los colores y las formas! Y... siempre, habían soñado con ser artistas. Aunque ambas sabían que ese sueño jamás sería posible habiendo nacido en aquellas familias.

Aquella misma noche, mientras cenaban en casa de Manuela...

—Papá, mamá. ¡Quiero apuntarme con Rocío a clases de arte!

—Anda Manuela, déjate de tonterías —decía su madre al tiempo que entornaba su mirada —. El arte no te servirá para nada cuando te cases y tengas que llevar adelante tu casa, tu marido e hijos.

—Sabéis que me gusta el arte desde que era una niña —insistió la joven.

—Con las clases de violín y labores del hogar tienes más que suficiente —dijo su padre sin dar opción a más debate.

Manuela, se levantó en silencio de la mesa y se fue a su habitación dejándose caer sobre la cama y refugiando sus lágrimas en la almohada. Lloró muchísimo hasta quedarse dormida al fin.


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Al día siguiente, Manuela se puso en pie de nuevo y como buena hija obedeció a sus padres y siguió con su rutina habitual. 

Y así pasaban sus días, contentando a sus padres y consumiéndose de tristeza, pena y rencor. Rencor hacia sus padres por no tenerla en cuenta y rencor también hacia si misma por no ser capaz de enfrentarse a ellos.

Como todas las tardes, mientras esperaba que su padre viniera a buscarla al finalizar sus clases, el profesor de arte pasaba por delante de ella, la saludaba con un ligero gesto de mano y un "hola" acompañado de una bonita sonrisa.

Sin embargo, aquella tarde fue diferente. Él se paró ante ella y le dijo:

—Esos luceros se apagan.

—¿Cómo? —preguntó la joven sin entender nada.

—Esos ojos azules tan bonitos que tienes y esa mirada tan llena de luz se están apagando —se acercó a ella y la cogió de la barbilla para observar su mirada con atención —. ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

—No, estoy triste que es muchísimo peor —contestó la joven espontáneamente.

—Te iría bien pintar. ¡Los colores alegran el alma! —le propuso el profesor.

—¡Mi padre! —exclamó sobresaltada y salió corriendo alejándose de él.

—¡Ven un día a mis clases de arte! —le propuso él.

Ella se giró, le sonrió y se alejó cada vez más hasta subirse en el coche y desaparecer.

El profesor, permaneció de pie observándola hasta que se marchó.


Escrito por: Yolanda Martínez Duarte.


 


viernes, 18 de febrero de 2022

MANUELA (1ª PARTE)

Esta historia transcurre en las tierras de Granada. Manuela, su protagonista era una joven muy bonita de ojos azules y muy expresivos. ¡Tenía una mirada que encandilaba!

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Era hija única de un gran empresario, con lo que nunca le faltó de nada. Bueno, quizá sí le faltase algo muy importante... ¡LA LIBERTAD! 

Sus padres, la tenían sobreprotegida y siempre debía estar bajo sus faldas. Algo que a sus veinticinco años empezaba a agobiarla porque sentía que su juventud se esfumaba y apenas había disfrutado de la vida.

Su mejor amiga, Rocío estaba en la misma situación que ella pues también era hija de empresario. A menudo, hablaban y compartían sus inquietudes y frustraciones.

—¡Un día seremos libres al fin! —exclamaba optimista Rocío.

—No es por ser aguafiestas Rocío, pero no lo veo muy claro eso...

—¿Por qué?

—Mi padre, ya está buscando un hombre con el que casarme. Y como no, busca a otro "hijo de papá" para que siga con los pasos del negocio familiar.

—¡Vaya! —exclamó Rocío sorprendida y a modo de consuelo, abrazó a su amiga.

—¿Sabes Rocío? Estoy muy cansada —dijo Manuela mientras jugaba con el encaje de su falda —. Llevo toda mi vida siendo una marioneta en manos de mis padres, haciendo lo que ellos dicen. ¡Es mi vida! ¡Y tengo veinticinco años! ¿No debería decidir por mi misma?

—Ya, pero este es nuestro destino Manuela, ya lo sabes —la invitó a calmarse Rocío.

—¡Pues no quiero conformarme con este destino! —contestó Manuela  poniéndose en pie con energía —. Ahí fuera, hay un mundo esperándonos y nuevas oportunidades.

—Ya... —contestó en voz baja Rocío al mismo tiempo que dirigía su mirada apagada y triste hacia el suelo.

—¿No tienes ganas de descubrirlo por ti misma?

—¡Claro que sí! Pero, no sería correcto y nos meteríamos en muchos problemas.

—¿No eras tú la que hablabas antes de ser libres algún día? —le preguntó Manuela.

—Sí. Pero me refería a cuando fuéramos adultas.

—Claaaaro y vamos a estar esperando mientras vemos como nuestra juventud se desvanece, ¿no?

Rocío guardó silencio.

—Rocío, ¡quién no arriesga no pierde pero tampoco gana! ¡Es hora de que abramos los ojos!

—Yo, no estoy preparada para dar ese paso que quieres dar Manuela, lo siento —dijo prudentemente la joven y salió de la habitación.

Manuela, se quedó junto a la ventana observando como su amiga se alejaba sin echar la vista atrás.

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Después, se dejó caer en su cama con una sensación extraña e invadida por una mezcla de sensaciones y dudas.

Se quedó dormida y al cabo de dos horas se despertó sobresaltada y empapada en sudor.

—¡Qué sueño tan real! —dijo mientras se recogía el cabello acalorada.

Los días iban pasando y siempre la misma rutina. Manuela, seguía a rajatabla su ritual de estudios hasta la tarde, después clases de violín y finalmente los quehaceres del hogar. Su madre, se había empeñado en convertirla en una buena ama de casa y en la esposa perfecta. Su madre, siempre le decía que debía estar preparada para agradar a su marido y contentarlo. Por suerte, Manuela no compartía la misma opinión y estaba segura que algún día tendría la oportunidad de revelarse contra todo aquello que se le estaba imponiendo.

Cada tarde, al finalizar su clase para aprender a ser una buena ama de casa, Manuela esperaba en la entrada de la escuela a que su padre la recogiera con el coche.

Pero, aquel día su padre se demoró más de lo habitual y Manuela estuvo un buen rato sola. 

Fue entonces, cuando apareció alguien...


Escrito por: Yolanda Martínez Duarte.

jueves, 3 de febrero de 2022

RELATO: PERDÍ MIS SUEÑOS

Mi nombre es Laura, tengo veintiocho años y soy tele operadora en una centralita que atiende llamadas de emergencia.

Empecé a trabajar aquí hace cinco años, lo consideré un trabajo temporal. Ya sabes, ese trabajo que todos aceptamos cuando somos estudiantes para ganar un dinerillo y poder pagarte los caprichos, la gasolina y esas salidas con los amigos. Pero, ¡me equivoqué!

Con el tiempo, descubrí que este trabajo me aportaba mucho más que un sueldo. ¡Tenía la oportunidad de ayudar a los demás! Y eso, me hacía sentir bien conmigo misma y me hacía crecer como persona así que decidí seguir con ello.



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No os podéis imaginar, la cantidad de experiencias y momentos que guardo en mi mochila. Sí, sí a esa mochila me refiero, esa que es invisible y la llevamos a nuestras espaldas todo el tiempo. Ahí, guardamos: los momentos más duros  de nuestras vidas, también los más alegres y felices, experiencias, anécdotas de nuestra vida y un larguísimo etcétera.

En la mía, guardo muchos momentos de personas que llamaron a mi teléfono buscando ayuda: aquel niño que se perdió en el centro comercial, aquella anciana que vivía sola y que se había caído de la cama de madrugada, aquel adolescente a punto de suicidarse en lo alto de un puente, aquella mujer que se había quedado atrapada en el ascensor de su trabajo y aquella mujer que sufría maltratos.

Aquella última sin duda fue la que más me marcó. Aún recuerdo la conversación que tuvimos, era por la noche.

—Estoy aterrada. No quería llamar por miedo…

—Tranquila, has hecho lo correcto. ¿Cómo te llamas?

—Sara.

—Vale Sara, ¿puedes decirme qué está sucediendo?

—Sí. Mi marido está borracho y no para de pegarme. Y mis hijos, mis hijos… —le costaba mucho hablar y no conseguía terminar la frase.

—¿Dónde están tus hijos?

—Duermen en su habitación.

—Vale. Ellos, ¿están bien?

—Sí. No quiero que vean lo violento que se pone su padre conmigo.

—Vale, tranquila. Tú, ¿dónde estás ahora?

—En la cocina.

—Vale. ¿Y tu marido?

—Ha salido a comprar más cervezas y tabaco. ¡Volverá enseguida! —decía con dificultad entre sollozos.

—No tenemos mucho tiempo entonces —permanecí en silencio unos segundos —. Tranquila, ¡te ayudaré! Mandaré una patrulla de policías.

—¡Policías NO! ¡Me matará!

—No lo hará, los policías irán de paisanos, así no podrá reconocerlos.

Se hizo un silencio al otro lado del teléfono. Quise distraerla dando otro rumbo a nuestra conversación.

—Y ahora, cuéntame… ¿Cuáles son tus sueños?

Al mismo tiempo que hablaba con ella, recopilaba todos sus datos y daba aviso a la policía para que se presentaran en aquella casa de incógnito y pudieran proteger a Sara y sus hijos de aquel impresentable que les estaba destrozando la vida.

—Hace mucho tiempo que perdí mis sueños. Él, me los arrebató haciéndome creer que nada me faltaría a su lado.

De nuevo, se hizo un largo silencio.

—Sara, ¿sigues ahí?

Pero entonces, escuché una puerta que se cerraba con brusquedad.

—¡Ya está aquí! —susurró con voz temblorosa.

Dejó el teléfono descolgado y salió corriendo a esconderse.


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—¿Dónde estás mala puta?

Se escuchaban sus pasos y ruidos, como si estuvieran desvalijando la casa y moviendo muebles de un lado a otro. Entonces, escuché la voz de un niño:

—¿Papá?

—Iker, ¿qué haces despierto?

—Me he asustado con los ruidos.

—¡No lo toques! —dijo Sara y se puso delante de su hijo para protegerlo.

—Anda, ¡quita!

Su marido, la apartó con brusquedad dejándola caer al suelo con la mala suerte que se golpeó la ceja con la pata de una silla que él había tirado a su llegada. Ella, quedó inconsciente.

Iker, salió corriendo hacía su madre, llorando y se aferró a ella que estaba tendida en el suelo ensangrentada.

—Ven conmigo —dijo su padre cogiéndolo en brazos de malas maneras.

Pero, justo en ese momento picaron al timbre de casa. El padre, dejó a su hijo sentado en el sofá y le dijo:

—Tú calladito, no se te ocurra hacer ninguna tontería.

Abrió la puerta, se trataba de un repartidor de pizzas.


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—Buenas noches, traigo la pizza que pidieron.

—Yo no he pedido nada —contestó en un tono borde.

 Mientras, en la cocina Sara volvía a recuperar la conciencia, abrió los ojos muy lentamente y entonces, vio a un hombre en la puerta de la galería que le pedía ayuda para poder entrar.

Abrió la puerta y el hombre enseguida se preocupó por ella:

—¿Está bien Sara?

Ella asintió con la cabeza con un aspecto desgarrador, tenía todo el rostro ensangrentado y las lágrimas brotaban de sus ojos sin parar.

—Soy policía, mi compañero está entregando la pizza que usted pidió, vaya hacia allí y recójala. Nosotros, nos encargaremos del resto.

Sara, avanzó hasta el comedor y dijo:

—La he pedido yo.

Se acercó al repartidor de pizza, le pagó con dinero y recogió la pizza. Luego, cerró la puerta.

—Por un momento, pensé que habías llamado a la policía.

—No —dijo ella sumisa.

—Ni se te ocurra hacerlo porque te mato, ¿eh? —le dijo su marido mientras la agarraba de las mejillas con tanta fuerza que ella apenas podía escaparse.

Estaban todos sentados en el sofá, cuando apareció Lucas, el hijo pequeño de la pareja y corrió hacia su madre:

—Mamá, ¡tienes pupa!

—No te preocupes Lucas, estoy bien —dijo Sara y lo abrazó.

Cenaban pizza mientras el padre, bebía una cerveza tras otra sentado en su butaca viendo la televisión.

Sara y sus hijos estaban muy asustados, unidos los tres.

Pero, ¡algo los interrumpió! ¡un fuerte ruido que provenía de la cocina!

—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó el padre.

—No sé. Yo no he escuchado nada —contestó Sara.

—¡Serán ladrones! —exclamó Iker asustado.

—Iré a echar un vistazo —propuso el padre y se alejó.

Cuando apareció por la cocina, todo parecía estar en orden hasta que el policía que estaba escondido detrás de la puerta, se abalanzó sobre él. El repartidor de pizzas, apareció por la galería y entre los dos pudieron aplacarlo, ponerle las esposas y llevárselo a la comisaría.

—¡Ya lo tenemos! —dijo uno de los policías.

Entonces, suspiré y me dejé caer sobre mi silla, aliviada de haber conseguido ayudar a Sara.

 Escrito por: Yolanda Martínez Duarte.

¡¡¡4 AÑOS JUNTOS!!!

  En  LAS LETRAS DE YOLANDA  hoy estamos de celebración. ¿Qué no sabéis lo que celebramos? No os preocupéis, os lo cuento enseguida.🤭 Hoy h...